Hace un par de días atrás me enteré de que se pretende instalar una monumental estatua del extinto Juan Pablo segundo. La Universidad San Sebastián planea ubicar frente a la facultad de derecho de la Chile esta colosal escultura. La iniciativa fue de Luis Cordero; vicerrector de dicha casa de estudios y el escultor su hermano Daniel Cordero.



Mi primera reacción sinceramente fue de indiferencia y no precisamente porque no me interesara la noticia. En casa los demás tuvieron su juicio y reaccionaron con molestia y me imagino que muchos más “canutos” reaccionaron de igual forma (si es que se informan diariamente; ya que existen bastantes ignorantes en el pueblo evangélico que no ven ni leen noticias).


En función de esa reacción de molestia de mis familiares pensé y trate de elaborar un juicio más o menos objetivo. No soy iconoclasta (esto es quien destruye pinturas o esculturas sagradas) ni pretendo ser o evocar a aquellos valientes del siglo VII en el período Bizantino y otros de la cristiandad del ala radical o reforma radical de la Europa dominada por la imposición violenta de la “Santa Iglesia Católica”. Fueron valientes cristianos pero hoy no es el camino destruir imágenes como una alternativa valida para cambiar el pensamiento y fe de los idólatras.


El mundo cristiano evangélico que represento y que muchas veces no comparto en muchas de sus expresiones incurre en actos semejantes. No se puede levantar una voz unánime y autorizada. Al contrario existe mordaza que calla la voz de juicio. Tenemos tejado de vidrio en cuanto a estos temas y otros.

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